Accesos al grado cero

La modernidad quiso liberar al hombre de una historia destructiva, pero terminó autodestruyéndose por no poner en cuestión a su propio fundamento: el dominio ante la materia racional de la naturaleza de los hombres, esto es, la aniquilación de la materia irredenta y del cuerpo sensorial. El arte, los artistas modernos toman nota: redimen lo que quiere ser aniquilado.

Creo que la obra de Ramsés responde a dicha intención. Abre un diálogo del hombre con su espacio circundante y en general con lo uno – diverso, el cosmos y sus dones, incluido el horizonte del misterio, de lo insondable.

El pintor toma partido por el individuo soberano, independiente y creador, capaz de resistir a quien, incapaz de cualquier acto personal, se vende al mejor postor, justamente en este momento histórico en que todo tiende a la masificación de la vida. Lucha del individuo por escapar a la quiebra de su identidad que pasa por una crítica radical a todo aquello que impide la libertad: sistemas de poder, morales gregarias, religiones represivas, discursos demagógicos. Ese es el punto: Ramsés ha decidido ir a contracorriente y, en este sentido, escoge por cómplices de la aventura trasgresora a aquellos que, a lo largo de la historia, han luchado por impedir que el ser humano se ahogue en la rutina y en la mediocridad.

La empresa exige rigor y voluntad, pasión y autenticidad. Hay que arriesgar, y Ramsés lo hace. Fuera de las modas, incluso rompiendo en cierta medida con lo que definía su anterior trabajo plástico, usa el óleo; es decir, un material tradicional que, sin embargo, muestra aquí su actualidad. La pintura, pintura, vuelve, pues, por su fueros. Podría hablarse de un realismo sin fronteras, que cala en la esencia de las preguntas eternas: ¿adónde vamos? ¿Por qué estamos aquí? ¿De qué se trata? Por lo pronto, la pintura de Ramsés nos convoca a celebrar la ofrenda del arte.

La ventanas han sido abiertas. No queda sino abrir los sentidos.

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