Sinfonía Especular

En la oscuridad de la primera noche de los tiempos, antes de la escritura y por tanto en un periodo anterior a la historia, hubo música.

Atraído por el canto de los pájaros, movido por el ritmo inmemorial del cortejo de animales mayores, el paso de las manadas y su propia voz interior, el hombre primitivo se dio a la tarea de construir el primer instrumento. Con arcilla, hueso, madera y fibras naturales, las manos de nuestros antepasados crearon objetos que al recibir el aliento humano lanzaban notas al viento. Tambores cubiertos de piel acompañaron los gritos de alegría y triunfo. Cuerdas rasgadas reprodujeron el íntimo latir del corazón.

Había nacido la canción, preámbulo de la sinfonía.

La belleza de los instrumentos ha inspirado a los músicos que los tocan. Las notas que llenan el espacio estimulan a su vez a los constructores de instrumentos. Un arte provoca la existencia de otro. Los pintores se concentran frente a su tela llevados por el impulso de la música, y los compositores se inspiran en la estética de su entorno, muchas veces tocada por la magia de una pintura.

Ramsés de la Cruz, joven pintor radicado en Querétaro, cuya formación académica tuvo lugar en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Querétaro, presenta ahora una colección espléndida de óleos sobre tela, dedicados a una serie de instrumentos.

De la Cruz recurre para este conjunto al truco inmemorial de retratar los objetos y hacer que se reflejen en una imagen especular, la que se adivina en el azogue de una luna antigua o se recrea de forma nítida en un espejo, una bandeja de plata o un instrumento metálico.

El propio artista se define como un creador más interesado en la imagen que en el sonido que emana del instrumento. Cada una de las piezas de madera, marfil, latón y otros materiales es analizada como fascinante modelo de belleza, nitidez y sensualidad.

Caravaggio, Vermeer, Harnett, Magritte y Picasso son algunos de los maestros cuya obra influye a De la Cruz. A lo largo de los siglos, han creado magistrales pinturas donde el espejo se transforma en ventana al interior, reflejo de la realidad, resquicio que nos permite asomarnos al centro mismo del ser humano, al corazón del hombre. El alma, si se pudiera materializar, sería una columna de humo, una suerte de calor que rodea, como un nimbo, al instrumento en llamas cuyos destellos se envuelven con ese aire de misterio que se asocia con el fuego.

La obra de Ramsés de la Cruz pertenece al post-tenebrismo. Sus luces son dramáticas, lleva el claroscuro al extremo para lograr un efecto histriónico: los instrumentos son cuerpos, están vivos, han sido heridos en mil batallas, incluso han sido sometidos a la mutilación, y sus partes arrojadas al suelo. Los objetos creadores de música, de factura finísima, hechos por otros artistas para deleite de los melómanos que en el mundo son, aquí se muestran con toda su fuerza, poseedores como ningún otro elemento de la gracia, el ritmo y la armonía.

Otro elemento fundamental en cada composición es la presencia de un ave o una pieza de cacería. Su color es ardiente como el de un cardenal, suave como el de una paloma, delicado como el ganso, amoroso como la liebre o el conejo. Su tono rojizo lleva consigo la llama del fuego mítico. Su cuerpo es una ofrenda, a la manera de los elementos de las naturalezas muertas o los antiguos bodegones que daban vida a refectorios religiosos, comedores de nobles familias y salas de señores feudales.

Hay en las obras luz interior, intensidad que pareciera arrojar chispas, pequeñas brasas saltarinas que brotan del óleo y penetran por nuestros ojos para apreciar la complejidad de esta orquesta pictórica creada por De la Cruz. Las piezas que ha mostrado la Galería DRT, ubicado en el Centro Histórico de Santiago de Querétaro, son también un homenaje a los músicos queretanos. Ahora, toca el turno a la Escuela de Laudería de engalanar sus muros con estas piezas.

Esta colección tiene larga historia. Comienza con la concepción mental de un hombre con extraordinaria sensibilidad, dominio de la técnica y conocimiento de su oficio. Un artista que comienza la etapa de mayor producción en plenitud de fuerzas, inteligencia y talento.

Los instrumentos pertenecen a la Orquesta Filarmónica de Querétaro, la Escuela de Laudería del INBA, el Grupo Costumbre, el Conservatorio Libre de Música J. Guadalupe Velázquez y la familia Cedillo. Sin la inestimable ayuda de sus dueños, no se habría logrado este espléndido conjunto pictórico.

Ramsés De la Cruz declara: “Así tal vez el espectador se torne en el director de orquesta para identificarse con la obra; a fin de cuentas la pintura es un espejo que muestra nuestro nivel espiritual, intelectual y emocional, que nos atrae y nos envuelve.”


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